| Seamos suecos |
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| Análisis de coyuntura - Actualidad por académicos | ||||||||||||||||||||||||||||||
Seamos, por un momento, suecos (o noruegos, o finlandeses, no tengo prejuicios). Transformemos por arte de magia nuestro decadente ser nacional en esa progresista imagen que tenemos de las sociedades nórdicas, y enfrentemos –con confianza y ahínco- nuestros gravosos problemas.Como es de dominio público, la Cámara Federal en lo Contencioso Administrativo de Uppsala acaba de impedir el uso discrecional de las reservas del Banco Central por parte del Poder Ejecutivo, elevando la causa a la Corte Suprema. A esta altura del partido la sabia decisión judicial tiene el mismo efecto jurídico que transferir los expedientes a un tribunal de casación en Etiopía o en Ganímedes, durante el mes de feria. Por lo tanto, suecos y suecas, en perfecto pie de igualdad, se aprestan a discutir animadamente los destinos del país en su arena institucional predilecta: el Parlamento. Hay grandes expectativas porque la situación socioeconómica es preocupante, el partido de gobierno está perdiendo raudamente el apoyo ciudadano y la competencia electoral con destino a la presidencia amenaza con desbocarse. La Jefa de Estado, Kristina Elizabeth de Suecia, acompañada por su siempre prudente y desgarbado marido, medita la mejor forma de llegar a un pacto de gobernabilidad con la oposición. Por su parte, los organizados partidos opositores, si bien divididos entre sí, están dispuestos al acuerdo; de hecho, varios de sus juiciosos y juiciosas dirigentes ya adelantaron que están decididos a hacer importantes concesiones, siempre y cuando el oficialismo acepte algunos de sus reclamos estratégicos. Un grupo de perspicaces politólogos de la Universidad de Lund ha explicado a la población, con sereno tono didáctico, la lógica profunda de estos equilibrios cooperativos contingentes en condiciones de incertidumbre. Una porción muy amplia de la oposición –señalan- ya se prueba el próximo traje presidencial, y comprensiblemente a nadie le interesa recibir una herencia social, económica o política inmanejable; con el recuerdo cercano de situaciones análogas, todos temen enfrentar desafíos capaces de hipotecar hasta las raíces la nueva administración. Asimismo, otra parte más pequeña del arco opositor, el Proy ecto Escandinavo-Sur, muy fuerte entre los así llamados sectores “progresistas” y entre los innumerables empleados públicos de Estocolmo, está lejos de alcanzar el gobierno nacional, pero entiende que debe construir una imagen más propositiva y moderada si quiere seguir creciendo electoralmente. Así las cosas, habría una zona de intereses convergentes, aunque todavía no haya puntos claros de coincidencia. Un prestigioso cenáculo de intelectuales, líderes de un variopinto movimiento social integrado por caceroleros, piqueteros y cartoneros de la ciudad de Malmö, considera que el probable acuerdo puede empezar a caminar sobre dos pilares, uno político, el otro económico-social. Del lado político, la pareja gobernante no está dispuesta a dejar el poder (argumentan frente a sus peripatéticos seguidores en los parques públicos donde se reúnen), mientras que las diferentes oposiciones no pretenden –ni les conviene- ocuparlo antes de cumplir los plazos constitucionales. Y si bien en lo inmediato ambos sectores se rechazan con vehemencia, las dos partes de la ecuación política se necesitan para transitar el largo y escabroso camino que nos separa del 2011. Es claro que no los une el amor sino el espanto, razonan con realismo, pero un poco de unión siempre fue algo mejor que nada. Del lado económico habría que hacer bien las cuentas, pero la oposición podría aceptar el uso de una parte de las reservas para enfrentar las urgencias de la deuda pública (un Fondo del Bicentenario acotado, limitando la laxitud del artículo 1 del Decreto 2010), a cambio de que el Poder Ejecutivo se comprometa a llevar adelante un Programa Antiinflacionario Integral para el Desarrollo Productivo con Equidad (en Suecia son muy afectos a los nombres rimbombantes). Ese programa debería involucrar al menos los siguientes elementos: normalización del INDEC; sanción de una ley que garantice el ingreso universal a la infancia; acuerdos creíbles de precios y salarios para coordinar expectativas a la baja; reducciones pautadas y progresivas de la tasa de crecimiento del gasto público; mejoras institucionales orientadas a darle seguridad jurídica a las inversiones; y reglas claras y acordadas con el sector agropecuario, el núcleo más dinámico del capitalismo local. En síntesis, una combinación de reglas, políticas y subsidios que es lo que andamos necesitando desde hace tanto tiempo para atender las diferentes realidades de la heterogénea sociedad sueca. A todo esto, el diario independiente La Corneta de Odín, el periódico de mayor tiraje y más respetado por toda la nación, anuncia esta mañana que se esperan largos y extenuantes debates en el Congreso, pero al final del túnel se ve una esperanzadora luz de consenso… * * * Ahora despertemos bruscamente de esta lejana fantasía escandinava. Volvamos a las costas pantanosas del Río de la Plata, llenas de sueñera y de barro, como dijera Borges, eternamente huérfanas de valquirias y de fiordos. Aquí las cosas pintan un poco distintas. Estamos en febrero de 2010, pero también podríamos estar en marzo de 1998, a fines de 1987 o en los albores de 1975: falta tanto y falta tan poco para una transición política en medio de turbulencias socioeconómicas que amenazan con volverse ciclónicas. Si el camino de arreglos cooperativos se obtura, entonces solamente quedará abierta una endiablada pugna por ver qué sector le pasará al otro los costos finales de la colisión. Será una incierta y peligrosa carrera contra el tiempo, porque cada actor espera que la bomba explote en manos ajenas, aunque el estallido último ocasione graves daños a todos: desgaste político e institucional, saltos inflacionarios, ajustes económicos dictados por la sesgada vara del mercado, más penuria social. Nada nuevo por estos rumbos. Cualquier turista sueco, informado con unos pocos datos sobre nuestras recurrentes crisis, podría predecir el resultado de esta alocada trayectoria. A poco de andar, su nórdica manera de ver la política ya le habría sugerido alguna certeza, aunque todavía le quedarían por despejar algunas incógnitas. La primera duda consiste en saber cuál será el monto real y definitivo de las pérdidas después del inevitable choque; el segundo misterio se refiere a qué actor político, en medio del río revuelto, se verá beneficiado por la debacle y pescará la mejor ganancia. La certeza, en cambio, es más directa y más simple: los ominosos costos del desastre lo pagarán al contado todas aquellas familias argentinas que nunca han tenido, ni tendrán, oportunidades de visitar Escandinavia. La Plata, 24 de febrero de 2010. Antonio Camou es profesor de la UNLP y de UdeSA. Miembro del Club Político Argentino.
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